Tras haber leído dos artículos en los que se calculaba el crecimiento económico de España ganado gracias al crédito, me surgen un par de reflexiones que intento plasmar en este papel.

1. El que venga detrás que arree

Las estimaciones a las que hago referencia calculaban que, en lo que llevamos de siglo, la abundancia de crédito ha proporcionado 1,5 puntos porcentuales, cada año, de crecimiento añadido. Esto es, nuestro crecimiento no se habría situado entre el 3% y el 4% anual, sino entre el 1,5% y el 2,5%. Por tanto, la riqueza nacional habría sido sustancialmente inferior. Recordemos que la economía española genera desempleo con tasas de crecimiento inferiores al 2%.
De diciembre de 1999 a diciembre de 2008, el crecimiento acumulado en términos reales ha sido del 30%; corregido del exceso de crédito, habría sido de sólo el 17%, una diferencia de 13 puntos porcentuales menos [cálculos semejantes han sido hechos para el Reino Unido, Estados Unidos o Irlanda, llegando a resultados análogos, si bien algo inferiores en cuanto al gap]. Esto nos lleva a constatar que las tasas de crecimiento del entorno del 2% en media, de los años 80, serían las tasas naturales de crecimiento de la economía española.
Así pues, lo que ya suponíamos: llevamos un decenio creciendo por encima de nuestras posibilidades, o lo que es lo mismo, hemos vivido mejor de lo que nos correspondía, gracias al crédito.
Hemos gozado, por tanto, de un exceso de estándar de vida que no casa ni con nuestra productividad ni con el ahorro nacional. Un elevado y, quizás, inapropiado estándar de vida del que, además, no hemos sido conscientes, porque lo hemos considerado como lo normal, más aún, como “lo que nos merecemos”. No hay sino que revisar las campañas publicitarias de los últimos años tanto de los propios productos de consumo como de las entidades financieras ofreciendo préstamos para ese consumo: “porque tú lo vales”, “si quieres, puedes”.
Ese exceso de consumo lo hemos realizado a crédito y, ahora, es preciso pagar las facturas. Porque el crédito ha servido para traer consumo futuro al presente, de forma escandalosa. No el consumo que nos permite anticipar un gasto extraordinario, sino el consumo recurrente de múltiples ejercicios venideros, incluso el de toda nuestra vida y lamentablemente, con mucha probabilidad, el consumo de la siguiente generación. Dicho de otro modo, nos hemos gastado el ahorro de la próxima generación.
Si alguna vez he definido los tipos de interés como el precio de la impaciencia, en esta ocasión esta impaciencia (el vivir mejor ahora a costa del futuro) ha sobrepasado todos los límites que exige la más simple racionalidad.
De lo dicho, colegimos que la próxima generación tendrá un nivel de vida inferior al que ha disfrutado la actual generación, algo que no sucedía desde la revolución francesa salvo los períodos de las dos guerras mundiales y sus posguerras. Incluso ya podemos avanzar que buena parte de los actuales trabajadores en activo, dada la ferocidad de la crisis, no lograrán recuperar el estándar de vida que tenían antes de ella. ¿Cómo se llevará a cabo este empobrecimiento relativo de la próxima generación?: la generación de los que ahora cuentan entre 35 y 60 años ha heredado o heredará de sus padres, en mayor o menor medida, propiedades, en concreto un piso ya pagado cuyo valor ha repartido entre sus hermanos y le ha permitido mejorar su nivel de vida, en algunos casos sustancialmente (este fenómeno se estudió detenidamente para la Alemania de las décadas de 1960 y 1970, que supuso un boom en el nivel de vida –el denominado milagro alemán− obtenido no sólo por su alta productividad industrial sino por las herencias que dejó la sumamente ahorradora generación de posguerra).
Pues bien, la generación de los que ahora tienen entre 15 y 35 años no sólo no va a heredar patrimonios, sino que va a heredar deudas. Va a heredar viviendas con hipotecas contratadas a 40 años y que todavía tendrán vida residual. Esa generación, si quisiera disfrutar de esas propiedades (más bien, propiedad parcial todavía del banco o caja de ahorros de sus padres), deberá hacer frente a la hipoteca residual, a la que habrá de sumar su propia hipoteca de 40 años. El colmo de la hecatombe hipotecaria.

2. Crisis, ¿para cuándo el fin de tu pesadilla?

Analistas y servicios de estudios no paran de preguntarse cuándo se recuperará el ciclo, si es un ciclo en V o en U o en no sé qué letra. Cada vez lo vemos más negro y alargamos la fecha de salida del túnel (con todo el padecimiento que ello acumulará cuanto más meses pasen).
Pero, ¿retomar el ciclo?. Quizás esto no suceda nunca. Va a ser imposible, obviamente, recuperar la senda anterior, pero ni siquiera tampoco su línea de tendencia. Es irracional creer que vamos a volver a esa senda de “exceso de estándar de vida” porque, amigos, el ciclo del crédito fácil se acabó; se acabaron los préstamos sin primas de riesgo adecuadas, se acabó que fuera el oferente de crédito el que viniera a buscarnos para colocarlos un préstamo, se acabó lo fácil que era conseguir un préstamo [¿alguien ha pensado en lo sencillo, administrativamente hablando, que era para un paisano el pedir un préstamo, sin apenas papeles, avales, ni siquiera explicaciones y sin poner ni un pequeño montante del bien que iba a adquirir a crédito?] y, definitivamente, se acabó el efecto riqueza que ha proporcionado el tener la seguridad de un “crédito al instante”, aunque nunca se llegara a contratar.
Me da la impresión de que no volveremos a vivir lo que vimos, sino que corresponde enjugar todos los excesos e instalarnos en una tendencia de crecimiento del orden del 2%, de cuando no éramos ricos. Pero esa senda de crecimiento lento todavía se encuentra un 10% por debajo del nivel en que nos encontramos ahora; todavía es precisa una mayor depuración de los excesos para poder volver a iniciar una senda de crecimiento bajo en un nivel de consumo que no se parecerá ni de lejos al anterior. Vamos, que todavía nos espera una profundización añadida del suelo de la crisis.
Además, la salida de la crisis no supondrá, ni mucho menos, una vuelta a lo que antes conocíamos, saldada con mayores o menores pérdidas. No. Cuando esto termine estaremos insertos en un escenario de menor riqueza, de menor consumo, de menor estándar de vida,… para los restos. Será un cambio de nivel de consumo, una salida de la crisis en L (según las letras con las que nos gusta a los economistas catalogar las crisis).
¿Qué corresponde hacer para salir lo antes posible de esta pesadilla?. Me siento obligado a recurrir a los manuales clásicos de finanzas: reducir los pasivos financieros; en castellano sencillo: amortizar préstamos y pagar facturas pendientes. Cuanto antes mejor, ya que, volviendo a la idea del punto 1, amortizar préstamos anticipadamente no es ni más ni menos que devolver a nuestros hijos parte de los que les hemos esquilmado de su consumo de los años futuros.
Pero alguno se preguntará (y con razón) que este mayor ahorro (al que estamos ciertamente desacostumbrados) supondrá un menor consumo. La respuesta es “sí pero no”. Supondrá un menor consumo respecto de la senda del “exceso de estándar de vida” pero no necesariamente de la senda de consumo que nos corresponde, de la que teníamos antes de ser “ricos a crédito”. Significa consumir según corresponde a nuestro nivel de productividad (muy bajo, pues tenemos un gran monocultivo en hostelería y turismo, sectores de baja productividad) y nuestro ahorro nacional, sin volver a permitirnos a nosotros mismos el recurrir a un préstamo anual del exterior del 10% del PIB como ha sucedido en 2007 y 2008.
Se impone, no un menor consumo, sino una reducción del “formato de consumo”. Esto es, es preciso que la sociedad española se instale en un consumo de gama más baja del que imprudentemente se ha permitido en el último decenio. Se ha acabado –e interioricemos que para siempre− ese puente de la constitución en Nueva York para hacer compras, y sustituyámoslo por un puente para ver el románico del valle del Boí. Renunciemos a un televisor de pantalla plana del tamaño de la pared del salón; nuestro próximo televisor de pantalla plana tiene que caber en el aparador de la abuela, como ha sucedido siempre: mejoremos en prestaciones pero no en tamaño (je, je). En fin, olvidémosnos de los audis y de los todo-terrenos, vuelve el Ford Fiesta.
Amigos, saldremos de la crisis cuando todos, absolutamente todos, hayamos interiorizado, nos hayamos autoconvencido de que nuestro próximo coche será de una gama inferior al actual. Si seguimos pretendiendo que nuestro próximo coche sea igual o mejor que el que tenemos, pasará una eternidad y la crisis no tendrá fin. Porque conseguir un crédito barato de 40.000 euros para comprar un coche de alto standing no volverá a suceder.

20 de febrero de 2009
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