Hay que retrasar la edad de jubilación, nos guste o no.
En la prensa de hoy se aborda, desde el punto de vista sociológico, cómo ha cambiado el perfil de lo que tradicionalmente hemos llamado la “tercera edad”. Se indica, en este sentido, que la jubilación ya no es la línea de entrada a la vejez, porque a los 65 años los ciudadanos de hoy poseen un potencial inmenso para seguir aportando a la sociedad. Y nos dan datos: Los mayores de 65 años representan el 17,7% de la población española. Entre 65 y 70 años hay 2.349.517 personas. De 71 a 80 algunos más: 3.431.381; y de 81 en adelante suman 1.932.702, según el Instituto Nacional de Estadística. 7.282 personas tienen 100 o más años.
Con estos números, no podemos menos que preguntarnos si tiene sentido mantener la edad de jubilación a los 65 años. No es un interrogante vinculado a la situación de crisis (aunque sin duda la relación existe y debe tenerse en cuenta), sino que se deriva de datos ciertos que venimos presenciando desde hace ya muchos años: el envejecimiento de la población, el aumento de la esperanza de vida y los problemas que presenta el sistema de protección social para hacer frente a las necesidades de la sociedad. Cuando se fijó la edad mínima de jubilación en los 65 años, la expectativa de vida era de 40/45 años (la media, claro). Hoy estamos en torno a los 75/80.
Recuérdese que en España impera el sistema solidario de reparto, por el cual los cotizantes actuales pagan las prestaciones de los beneficiarios actuales; en otras palabras, según la pirámide de población de nuestro país, cada vez menos personas en edad de trabajar y trabajando pagan las pensiones a cada vez más pensionistas y durante cada vez más tiempo. Insostenible.
Insisto, los problemas financieros del sistema de pensiones de la Seguridad Social nos acompañan desde hace años; el famoso Pacto de Toledo -y sus sucesivas revisiones- viene pretendiendo hacerles frente desde 1995. Claro que, en un contexto de dificultades económicas tan graves como las que padecemos, con una proporción cercana al 19% de parados, la pregunta debería oírse con más fuerza: ¿tiene sentido que a los 65 años una persona pueda optar por retirarse del mercado de trabajo, pasando a engrosar las listas de quienes cobran prestaciones del sistema de Seguridad Social?
Quien escribe estas líneas tiene clara la respuesta: no, no tiene sentido. Ni lo tiene hoy, con la crisis a cuestas, ni lo tenía antes, ni lo tendrá cuando estas turbulencias hayan pasado y volvamos a navegar por un mar en calma de bonanza económica y de pleno empleo. La edad mínima ordinaria de jubilación debería retrasarse, adaptándose al contexto social en el que opera actualmente, tan distinto de cuando se fijó la frontera de los 65 años. Pero el Gobierno que se atreva a tomar medidas en tal sentido perderá las elecciones, es evidente. Es una medida necesaria, buena para el conjunto de la sociedad, pero políticamente incorrecta para quienes no miran más allá de sus narices: “¿que no voy a poder jubilarme a los 65 años? ¿que tendré que trabajar un poco más obligatoriamente? De eso nada”. Y una oposición poco responsable intentaría capitalizar el egoísta descontento, y los sindicatos seguramente harían lo mismo, reclamando derechos consolidados….el derecho de todos a dejar de trabajar a los 65 si nos da la gana, y pobre del Gobierno que no nos pueda pagar las pensiones que nos hemos ganado para el laaaargo resto de nuestra vida y amén. Por eso, tímidamente, en los últimos años se vienen proponiendo incentivos a trabajadores y empresarios para ver si nos convencen de que, por favor, sigamos trabajando un poquito más, por favor, por favor.
Pero, más allá de la contundencia con que hemos titulado este comentario de opinión, mejor que cada cual saque sus propias conclusiones. Eso sí, mirando al interés general.


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