Tres días antes de que, hoy lunes, la patronal y los sindicatos formen la mesa para intentar recuperar el diálogo social, uno de los vicepresidentes de la CEOE (Jesús Banegas), defendió la rebaja de los salarios para favorecer la creación de empleo. En su opinión, «el mercado laboral es muy rígido. Estoy seguro de que si preguntamos a la gente qué prefiere, un 10% menos de empleo o un 10% menos de salario, preferirá que se creen más puestos de trabajo, aunque durante un tiempo gane menos».

Esta propuesta es, sin duda, sensata y solidaria, y no ya en cuanto a la ambiciosa intención de crear nuevos puestos de trabajo sino incluso para el mantenimiento de los existentes. Sin embargo, los sindicatos (al menos sus bases en los comités de empresa y secciones), se muestran reticentes a aceptarla. ¿Por qué? Sería de necios creer que en todo caso este rechazo se debe a una voluntad de inmolar el empleo antes que dejar de cobrar un solo euro. No digo que no haya insensatos, digo que no todos lo son, ni mucho menos.

En principio, dejando de lado a trabajadores con un alto índice de empleabilidad (hoy excepcionales), cabe pensar que el trabajador, si es consciente de la situación por la que atraviesa el empleo en España, accederá a ganar menos si ello le permite mantener su empleo. Pero el riesgo es que hoy se acuerde rebajar los salarios sin que ello impida realmente que mañana se extingan los contratos. En tal caso, lo único que habrá sucedido es que se habrá rebajado el salario regulador de la indemnización por despido correspondiente. Es decir: pérdida de empleo con menor indemnización. Y no se trata de una imaginación desbordante por parte de los representantes de los trabajadores: ya existen casos en que esto ha pasado.

Por tanto, es un discurso simplista el que se limita a pedir rebajas salariales a cambio de mantenimiento del empleo. La propuesta, para ser seria, debería elaborarse con mayores dosis de prudencia, y venir acompañada de un plan de medidas y/o compromisos que refuerce la posibilidad de mantener los puestos de trabajo.

Otra cosa es que se quieran crear nuevos puestos con salarios más bajos; es decir, dobles escalas salariales. Sobre esta figura el Tribunal Supremo ha ido tejiendo una serie de criterios bastante restrictivos sobre lo que justifica de modo razonable la diferenciación salarial y la hace lícita. Hasta hace poco la situación económica negativa servía para justificar que se mantuvieran remuneraciones superiores a los trabajadores más antiguos, razonando que habían tenido que pasar por EREs y rebajas de condiciones en épocas pasadas de dificultades económicas. Ese mayor esfuerzo los premiaba con el mantenimiento de salarios más altos. En cambio ahora se alegan crisis actuales, no pretéritas, para establecer la diferencia: no es que los más antiguos pasaran por épocas malas y ello justifique un mejor trato salarial que los recién llegados, sino que los recién llegados se incorporan en una época mala y ello justifica su peor trato salarial. Los Tribunales empiezan a acceder a este razonamiento, aunque tímidamente todavía.